domingo, 6 de septiembre de 2015

Rokka no Yuusha, Volumen 1, Prologo


Prólogo 
El bosque de una muerte certera.

Según dice la leyenda, cuando el demonio se alce de las profundidades del abismo, es en ese momento cuando el mundo se transformará en el mismísimo infierno, la diosa del destino elegirá a seis héroes y les concederá el poder de salvar al mundo.

El siguiente cuento relata la historia de los héroes encargados de soportar el peso de salvar el mundo.

Sin embargo, algo que hay que tener en cuenta recordar es: que sólo seis personas serían elegidas para salvar al mundo. Nada de cinco, ni de siete. Tan sólo seis.

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Un chico corría a través de una frondosa niebla por un bosque. Era un joven espadachín con una melena rojiza que se sacudía tras él mientras se movía. Sobre su ropaje portaba una armadura de cuero ligera y un protector de hierro sobre su frente. La espada que sostenía su mano derecha era, de algún modo, pequeña pero bien sólida.

Pero uno de los aspectos de su atuendos que apenas era particularmente perceptible era los cuatros cinturones de cuero que envolvían a su cintura y todas las incontables bolsas pequeñas atadas a ellos.

“Haa…haa…haa…”

El chico había sido herido. Su ropaje estaba hecho todo trizas, lo cual exponía los profundos cortes sobre su piel. Su armadura ligera estaba quemada y sus manos, ambas de ellas, presentaban marcas de quemaduras. Si añadimos el hecho de la sangre que chorreaba de su cuerpo y que alcanzaba a sus pies dejando un rastro de sangre. Esas eran heridas que habrían acabado con un hombre ordinario.

El nombre del chico era Adlet Maia y su edad la de 18 años.

Adlet volteó la vista sobre su hombro mientras corría. La niebla y el abultado follaje obstruían la luz y hacían el centro del bosque oscuro. Pero al mirar hacia la densa y oscura neblina pudo vislumbrar la débil silueta de un humano.

Había estado siguiendo a Adlet. De hecho a una distancia próxima a los treinta metros. Esto no va bien.  Al momento que él pensaba eso una voz retumbó por el bosque. “¡Ahí!”  El grito provenía de una mujer, cuya voz era tan suave como el piar de un pájaro recién nacido.

“¡Mierda!”

Al momento que la escuchó hablar una espada apareció de debajo del pie de Adlet. Aunque fuera casi tres metros de blanquecino metal, apareció repentinamente de una superficie plana. La punta iba dirigida con precisión a su corazón.

Adlet osciló la espada que estaba sosteniendo del reverso y el cuarzo que adornaba el pomo de su espada apenas se las apañó para bloquear la punta de la espada que le atacaba. El cuerpo de Adlet fue echado para atrás del retroceso y  la espada fue hecha añicos.

Aún cayendo de espaldas clavó su espada en el suelo, usó el poder de sus brazos, levantó su cuerpo y se alzó de un salto. Al instante siguiente tres espadas aparecieron del suelo para atacarlo. Sus puntas sólo rasparon su cuerpo.

“¿Te alcanzaron?”  Se atrevió a preguntar su perseguidora.

“Qué optimista. Tendrás que ser más sigilosa si quieres acabar conmigo.” Replicó Adlet mientras aterrizaba sobre el suelo y volvía a comenzar su huida. 

La figura de su perseguidora se desvaneció en la niebla hasta el punto en el que ya no podía vérsela más.

“¡Esfuérzate más! ¿De verdad te piensas que puedas capturar al hombre más fuerte sobre la faz de la tierra con eso?”

“Eres tan obstinado.”  Gritó la chica mientras continuaba con su persecución.

Mientras corría, Adlet aplicaba presión a su brazo derecho. La verdad es que no había sido capaz de repeler por completo todos sus ataques anteriores. Y ahora su brazo tenía una herida abierta brotando sangre. Así que, actuar como que no había perdido la compostura y la calma tan sólo era un farol para él, haciendo uso de una de sus mejores habilidades para esconder su herida.

Adlet miró la parte posterior de su mano derecha mientras corría. Una extraña cresta estaba marcada sobre su piel. Era del tamaño de la palma de un bebé y en el centro del elaborado círculo se dibujaba una flor con seis pétalos. La cresta era de un rojo profundo y estaba emitiendo un débil destello.

Mirando la cresta Adlet susurró: “¿Cómo es que voy a ser asesinado? ¿Cómo puede ser que uno de los seis Héroes de las Seis Flores sea asesinado en un lugar como éste?”

La cosa que Adlet tenía sobre su mano derecha era comúnmente llamada la cresta de las Seis Flores. Era la prueba de que él era uno de los héroes elegidos para cargar con el destino del mundo.

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De acuerdo a la leyenda, un terrible demonio mágico dormita en el confín oeste del continente. Las historias dicen que su cuerpo era repulsivo y que su fuerza iba más allá de lo que podíamos imaginar. El matar humanos parecía ser el único propósito de su mera existencia. Si fuera a despertarse de su descanso siquiera una vez, entonces comandaría decenas de miles de sus lacayos llamados Kyoma  que están por todo el continente y haría del mundo un infierno.

Ese demonio no tenía ningún nombre; simplemente era conocido como el Majin.

Y prosiguiendo con la leyenda esta dice que cuando el Majin despierte de su largo letargo, la diosa del destino elegirá a seis héroes. Y sobre sus cuerpos, el de los elegidos, aparecería una cresta con la forma de una flor.

Y sólo esos seis serían capaces de derrotar al Majin, nadie más aparte de ellos.

Adlet Maia era uno de los héroes elegidos. Y él se embarcaría en un viaje para derrotar a ese malvado demonio. Conocería a sus compañeros quienes también habían sido elegidos por el destino y todos ellos iniciarían su travesía hacia el lugar donde descansaba el Majin.

Pero…

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“¿Todavía no te has rendido?”  Gritó la voz de su perseguidora a su espalda.

Adlet estaba huyendo desesperadamente de ambas, de ella y las espadas que surgían a sus pies y le atacaban. Pero con toda la pérdida de sangre esta le estaba nublando su visión. Las yemas de sus dedos empezaban a notarse entumecidas y sus piernas apenas podían soportar su propio peso. Aún así, eso no iba a impedir que siguiera huyendo pues si ella le capturaba el sería asesinado.

¿Por qué está siquiera esto sucediendo? Pensó Adlet.

La verdad, ahora mismo debería de estar invadiendo los dominios donde dormitaba el Majin. Ya que era su deber, él y los otros compañeros elegidos por el destino deberían de estar combatiendo a los Kyoma juntos. Pero en vez de eso Adlet estaba siendo perseguido por una chica y ésta estaba a punto de asesinarlo.

“¡Ahora!” Gritó la chica. Y así empezaron a lanzarse con una rápida sucesión de ataques hacia Adlet, las espadas rozaban su pelo y desgarraban su armadura ligera.

Una espada que se aproximó directamente en frente de él le obligó a doblarse para esquivarla. Y de inmediato después de eso se irguió para continuar su carrera, aunque otra espada le atacó de debajo suya cosa que le obligó a echarse hacia un lado para evitarlo. 

Aunque los ataques no tenían un objetivo en específico, eran muy feroces. Y cada una de las diez espadas que le atacaban, de vez en cuando una o dos lograban acertar en Adlet. Y cada vez que él evitaba un ataque la brecha entre las espadas y su cuerpo iba decreciendo de forma gradual.

Y de repente dos espadas cargaron contra él, una viniendo desde su izquierda y la otra que venía de su derecha. De las dos, una logró clavarse en su costado. Mientras la fuerza del golpe rompía sus costillas, su cuerpo fue arrojado a un lado lo cual provocó que rodara sobre el suelo.

Mientras la sangre brotaba de su garganta, el presionó sobre sobre su costado y se las apañó para ponerse de cuclillas. Ya ni siquiera era capaz de sostenerse.

Su perseguidor ya se había aproximado hasta el punto donde ambos podían verse claramente.

“…Al fin te tengo.”

La figura de una chica apareció de la engullidora niebla. Era preciosa. Su cuerpo estaba envuelto en una blanca armadura y la empuñadura del estoque en su mano estaba incrustada con joyas. Sobre su cabeza llevaba un caso modelado con la forma de las orejas de un conejo.

Ella tenían un pelo muy fino y rubio, unos grandes ojos rojos y unos labios carnosos. Era una preciosa chica con diversas características. Y él podía notar su nobleza y gracia con tan sólo ver su postura en frente de él. Todo sobre ella, desde su aspecto hasta su indumentaria eran hermosas.
“Nashetania…” Adlet dijo el nombre de la chica.

Él sabía quién era ella. Sobre su pecho estaba la misma cresta como él tenía sobre su mano derecha, la cresta de los Héroes de las Seis Flores. Nashetania también era una de las seis elegidas para derrotar al Majin.

Y ahora Adlet estaba a punto de ser asesinado por su propia compañera con la que deberían de estar luchando juntos contra el Majin y los Kyoma.

“Nashetania, escucha…”

“¿El qué?”

“Soy tu compañero.”

Nashetania sonrió, y entonces apuntó su estoque hacia Adlet. La espada se alargó y perforó la oreja de Adlet.

“¿Qué sinsentidos estás mascullando?” Dijo Nashetania riendo, pero sus ojos se veían como los de alguien que estuviera mirando a un inmundo gusano. “Eres un idiota. Sin embargo si te rindes y confiesas entonces podría darte una muerte sin dolor.”

“No voy a confesar puesto que no hice nada.”

“Es inútil. Ya no volveré a ser engañada por ti nunca más.” Dijo suspirando Nashetania.

“Nos atrajiste hacia tu trampa. Nos engañaste, nos heriste. Pero ahora veo claramente que eres un impostor.”

“No te estoy mintiendo. Estás siendo engañada. El enemigo te está usando para así matarme” dijo Adlet, pero sus palabras no parecían ya alcanzar a Nashetania,

“No maté a mis compañeros. Y no coloqué ninguna trampa.”

“Estoy segura de que ya te dije que no te permitiría que me volvieses a engañar nunca más.”

“No te estoy engañando en lo absoluto. ¡Escúchame, Nashetania! No soy el séptimo.”

La delgada hoja de la espada de Nashetania se alargó, su punta se enfocaba al corazón de Adlet.

“Te equivocas. Eres el séptimo.”

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La leyenda dice que cuando el Majin despierte de su largo letargo y desencadene el caos en el mundo, la diosa del destino elegirá a seis héroes. Una cresta con la forma de una flor con seis pétalos aparecerá en cada uno de sus cuerpos. Sólo ellos podrán derrotar al Majin y proteger el mundo. Nadie más podrá.

Pero…

Una séptima persona que portaba la cresta de las seis flores había aparecido.

Los siete parecían que poseyeran auténticas crestas. Pero Adlet sabía el porqué había una persona de más. Entre los siete, uno de ellos era un enemigo. Habían logrado infiltrarse en el grupo para tenderles una trampa y matarlos. Sin embargo, ¿quién de entre ellos siete era el enemigo? Para esa pregunta Adlet aún no tenía respuesta alguna.

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